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Opinión

La Babel nacional


Redacción YSUCA / 12 febrero 2021 / 2:33 pm

Rodolfo Cardenal
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El populismo es una de las etiquetas más utilizada para caracterizar al régimen de Bukele, pero también a los de Trump, Maduro, Bolsonaro y otros similares. Aunque esta diversidad hace el concepto impreciso, todos esos regímenes coinciden en la convicción de que salvarán al pueblo de sus demonios. Una salvación engañosa. Habilidosamente, se fusiona las reivindicaciones populares con el presunto salvador y se inventa un vínculo directo entre este y el pueblo, en cuyo nombre se desautoriza a las elites responsables de la corrupción. En el caso de Bukele, a Arena y el FMLN, pero no a GANA ni al capital corporativo y financiero. El camino para erradicar los males sociales es la confianza absoluta en el salvador, el poseedor de la única verdad, que intenta legitimar con la invocación a la divinidad. Ejemplo de ello son las palabras de un candidato de Bukele para presidir la próxima legislatura: “Dios nos guiará y nos dará fortaleza”.

Este concepto de salvación convierte al pueblo en el absoluto y en la fuente de todo bien y de todo mal. En el caso de Bukele, el pueblo pediría tanto la reforma de la Constitución como violentar las leyes u obviar el asesinato político. Aupado en la exaltación abstracta del pueblo, el líder se coloca por encima y en contra de la institucionalidad. El pueblo imaginado se corresponde con un liderazgo fetiche, que se dirige a él desde lo alto de una tarima y desde la distancia del podio; a veces le habla entre cortinajes, flanqueado por banderas y rodeado de militares y funcionarios. Camina sobre alfombra roja, resguardada por cadetes vestidos de desfile. La otra cara de este liderazgo es que el pueblo se reconoce en ese fetiche.

El fenómeno es tan antiguo como la humanidad, tal como muestra la tradición bíblica en el relato de la torre de Babel, la cuna de los opresores. Los constructores de la torre aspiran al dominio universal del Estado totalitario, que impone la uniformidad repetitiva y donde todos son iguales. La torre que se levanta hasta el cielo desafía la alteridad de Dios, a quien pretende domesticar para que bendiga su proyecto totalitario. La ciudad totalitaria surge del miedo a la diferencia y a la incertidumbre. Sus constructores desean su seguridad, esto es, la ley del poder autoritario y de la violencia. Pero no llegan lejos. El poder que los une se despliega como egoísmo múltiple, que se traduce en confusión y enfrentamiento. Los constructores de la torre se creían dueños del mundo. Casi lo consiguen, pero su éxito los destruye. La identificación con el poder opresor les impide dialogar y entenderse. El proyecto es homicida desde su raíz: unos sacrifican a los otros. Babel revela una sociedad enferma.

Las babeles son posibles cuando las sociedades son cómplices de su propia esclavitud. La diferencia y la incertidumbre insufribles las empujan a buscar un jefe que suprima la alteridad y garantice la seguridad, aun a costa de caer en la esclavitud. El líder explota la aflicción para hacerse un nombre, consolidar su poder y dominar obsesivamente la totalidad. Entonces, el liderazgo se transforma en fetiche, cuyo culto tranquiliza. El fetiche es la respuesta al miedo a la libertad y a lo desconocido, y el totalitarismo resultante combina el desasosiego con la sed de poder. En contra del sentir de sus arquitectos, la construcción totalitaria arrastra consigo una maldición: la sociedad fundada en el temor es extremadamente injusta y violenta, y el ídolo al que da culto es incapaz de salvarla.

Pese a las apariencias, no todo está perdido. La maldición puede ser conjurada con la renuncia a los líderes fetiches, que prometen engañosamente paz, bienestar y seguridad mientras prevalece la injusticia y la violencia. No es tarea fácil denunciar los efectos devastadores ocasionados por los fetiches ocultos en la política, la economía, la administración de justicia y la interpretación de la ley, el último refugio del ídolo. La práctica de la justicia social y la defensa del débil constituyen los revulsivos más eficaces para desenmascarar los ídolos ocultos. La liberación o la verdadera salvación solo acontecen en esas prácticas.

El líder obsesivo que no tolera la diferencia ni respeta al ser humano y su diversidad conduce al fracaso babélico. La alternativa es la construcción de una sociedad igualitaria, solidaria y fraternal, respetuosa de la diversidad y sin miedo a la libertad. Un quehacer lento y trabajoso, también conflictivo, porque el respeto a la diferencia es la cuestión más difícil de la construcción social. El verdadero líder popular se reconoce en el pueblo y le pertenece al pueblo, lo escucha desde la cercanía y comparte con él desde la solidaridad, y el pueblo se reconoce en él y se apropia de él.

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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