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Editorial

En el natalicio de san Romero


Redacción YSUCA / 14 agosto 2020 / 7:13 pm

Editorial UCA

Monseñor Romero es fuente inagotable de inspiración. Así lo atestiguan las innumerables obras artísticas en su honor, así como los comités, plazas y parques que llevan su nombre en diversos países del mundo. Además de ser conocido y admirado, monseñor fue y sigue siendo una persona muy querida por su pueblo, especialmente por quienes sienten que su voz los representa. Luego de su asesinato, a monseñor se le lloró como a un familiar cercano. Una frase de Ignacio Ellacuría expresa muy bien lo que su vida significa para nuestra historia: “Con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”. Pedro Casaldáliga, otro gran cristiano de reciente partida, lo bautizó como “San Romero de América”, recogiendo antes que muchos el sentir de los latinoamericanos más humildes y luchadores. Para los cristianos, católicos y no católicos, la vida y entrega del obispo mártir significó ver de cerca el rostro del Dios de Jesús, el Dios cercano, misericordioso, justo, que anuncia buenas noticias a los pobres y denuncia el pecado de la injusticia.

Para conmemorar el natalicio de monseñor Romero, este 15 de agosto, es oportuno recordar tres rasgos de su legado. En primer lugar, su trabajo se caracterizó por ver siempre la realidad: en las duras circunstancias que le tocó vivir, monseñor buscó los signos de los tiempos y la voluntad de Dios. Desde la teología, dialogaba permanentemente con la realidad nacional. Desde ese lugar de observación privilegiado que fue (y sigue siendo) el arzobispado, no despegó los ojos de lo que vivía la gente. Por eso encarnó el Evangelio en la cotidianidad del pueblo. Su testimonio exige vivir en apertura a la realidad y hacerse cargo de ella, pues es una de las mediaciones esenciales de la relación con Dios. No se puede decir que se ama a los salvadoreños teniendo cerrados los ojos a la realidad estructural del país.

En segundo lugar, en tiempos de gran desigualdad socioeconómica, convulsión social y terrorismo de Estado, monseñor Romero defendió la vida como valor supremo, denunció las violaciones a los derechos humanos, fue palabra de consuelo para las víctimas. Del tremendo dolor que le causó el asesinato de Rutilio Grande en marzo de 1977 y, dos meses después, el de Alfonso Navarro, sacó más ímpetu para denunciar la injusticia y buscar a toda costa detener la guerra. Decía que solo la justicia social era el camino para evitar la violencia y los totalitarismos de cualquier signo. Fue especialmente directo con los que detentaban los poderes político y económico, porque en sus manos estaba la vida —y también la muerte— de muchos. La lección es clara: estar de lado del pueblo significa que lo más importante es su vida, no la riqueza, la imagen personal o los intereses coyunturales.

El tercer rasgo de monseñor Romero es su defensa del diálogo en una época muy convulsionada, en la que los conflictos incubados desde antaño se iban exacerbando y la violencia se perfilaba como la solución para resolverlos. Su empeño en la necesidad del diálogo político lo hizo un referente obligado de los sucesos de su tiempo. En esta línea, los conflictos en la actual coyuntura no deberían ser obstáculo para entablar un diálogo. Frente a la amenaza de un virus que mata y que carcome la economía, la vida de la población debería ser lo más importante para los gobernantes. Si así fuese, el diálogo se habría entablado hace meses y dado frutos.

Estos tres rasgos, referencia a la realidad, vida de la población como valor primero y diálogo al servicio de ese valor, están ausentes en la actuación de los actuales políticos y gobernantes. La mirada no está puesta en la realidad de la gente, sino en intereses particulares que imposibilitan el diálogo. A monseñor no se le hizo caso; al contrario, su voz incómoda fue silenciada y, así, la hicieron universal. En ocasión de su natalicio y sabiendo que su imagen decora desde Casa Presidencial hasta despachos de políticos de oposición, es oportuno recordar que estos tres rasgos ayudarían a despejar el camino y a dar esperanza a una población que ya ha sufrido demasiado.

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