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Opinión

Rasgos militaroides


Redacción YSUCA / 20 abril 2020 / 5:08 pm

A los militares los educan para obedecer; no se les enseña a discernir y evaluar problemáticas humanas. Por supuesto, algunos son capaces de hacer buenas evaluaciones tanto de los derechos de las personas como de las situaciones en las que hay que saber flexibilizar las órdenes o interpretarlas adecuadamente. Pero, en general, no son educados para la epiqueya. Probablemente ni siquiera saben qué es la epiqueya. Y por eso, y por si acaso, transcribo lo que dice de ella la Real Academia de la Lengua: “Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona”. La tendencia militar a obedecer ciegamente y la falta de capacidad de interpretar la norma con moderación y prudencia han conducido en la historia, tanto a nuestro país como a muchos otros, a cometer verdaderas barbaridades, como las terribles masacres que sufrimos en la guerra civil. A muchos en El Salvador les gusta aquello de “la ley es dura pero es la ley”, y aplicarla con la mayor brutalidad posible, especialmente a los que no son amigos o no pertenecen al mismo grupo o clan.

En este tiempo de coronavirus, la tradición militarista se impone en el lenguaje oficial. Y no solamente eso, sino que se le otorga al Ejército un peso y una responsabilidad que no debía tener. La misma PNC, al menos en sus mandos superiores, tiene la tendencia o el riesgo de militarizarse, como prueban algunas de sus acciones en el pasado reciente. Esto no es bueno para la salud. Si de hecho no es bueno que un médico sea autoritario, que les grite a sus pacientes, o que no escuche a los enfermos, peor se pone la cosa cuando los militares tienen un papel importante en el cuidado de la salud popular y tratan autoritariamente a la gente. Las quejas en los barrios populares han sido más frecuentes de lo normal. Amenazas, golpes (especialmente a jóvenes) y toma de decisiones arbitrarias son algunas de ellas. Cuando esta forma de actuar se traslada además al lenguaje de funcionarios o al parloteo político, las cosas se vuelven más complejas. Porque si el liderazgo civil opta por un lenguaje autoritario, con rasgos militaroides (“Aquí mando yo”), no es difícil entender que el maltrato lo ejecuten de un modo más hiriente quienes tienen que aplicar la ley en la calle.

Es difícil decir ahora cuál será el desenlace o solución de esta crisis de salud. Cuando esta pase, será importante evaluar todo el proceso vivido con equilibrio y moderación, viendo lo positivo y lo negativo. Pero lo cierto es que si mejora el trato, si disminuyen los abusos de autoridad, si se trata mejor al enfermo o al que está en cuarentena, si se favorecen formas de colaboración (más allá de la de quedarse en casa) que nos hagan sentirnos útiles a todos en la resolución de la crisis, El Salvador adquiriría una dimensión modélica. Hasta ahora hemos tenido un éxito importante en impedir un contagio salvaje y rápido de la enfermedad. La entrega de los 300 dólares ha significado un alivio importante para muchas personas de bajos ingresos. Si logramos mejorar el trato, dar mayor participación a especialistas en medicina en el proceso de información y toma de medidas, y establecer un clima de cooperación y apoyo entre la ciudadanía, no hay duda de que la evaluación final sería positiva.

El autoritarismo y el apoyo militarista al mismo pervierten un proceso que debería apoyarse sobre todo en el conocimiento de buenos médicos y especialistas de El Salvador y en las capacidades organizativas de los salvadoreños. Desde el autoritarismo se pueden tener algunos triunfos políticos, pero el poder de pocos tiene siempre los pies de barro. Desde una participación amplia y dialogada se obtienen siempre los frutos más duraderos.

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