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Editorial

Camino de esperanza


Imelda Jacobo / 23 diciembre 2019 / 3:41 pm

Editorial UCA

 

Desde 1968, por lo general en diciembre, los papas escriben y publican un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra cada 1 de enero. El mensaje para 2020 ya ha sido difundido por el papa Francisco, y lleva por título “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”. La conciencia de que “la guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo” lleva a Francisco a insistir en que el trabajo por la paz debe ser permanente. Porque en todos los países hay muestras claras de negación de la fraternidad, desigualdades escandalosas y afanes de poder que sacrifican los intereses y deseos de los más pobres y sencillos.

La justicia, el devolver a las víctimas sus derechos, resulta indispensable para una vida en democracia. El texto papal es muy claro cuando dice que la paz consiste en “un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso si se basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es débil o marginado, en la búsqueda continua de la verdad”.

Según el papa, el trabajo por la paz debe tener como base la memoria, la solidaridad y la fraternidad. Esto toca de lleno a nuestro país. Las desigualdades, injusticias y barbaries ocurridas en El Salvador tratan con frecuencia de ocultarse y dejarse de lado en nuestra historia. La pobreza, las masacres de la guerra civil, la corrupción, la riqueza amasada con mano de obra barata no están presentes en la memoria colectiva. En vez de memoria de lo que tenemos que corregir, se tiende a hablar de un futuro basado en la superación individual, la competencia del más fuerte y la supresión de la solidaridad; un futuro que terminará por llevarnos de nuevo a la división, al enfrentamiento y a otras formas diversas de guerra que no necesitan estar declaradas para crear muerte y violencia.

“La memoria”, nos dice el papa, “es el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades”. La generosidad de monseñor Romero y tantos otros que lo siguieron en el martirio dando testimonio de solidaridad marca el camino que los salvadoreños debemos recorrer en la construcción de la paz. Además, en este El Salvador tan deteriorado en su medioambiente, con una desertización en avance, incapaz de garantizar con una ley el acceso universal al agua, necesitamos una conversión ecológica. Francisco insiste en que el mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común debemos cuidarlo hoy para todos y también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Si la Navidad es una fiesta hogareña, bueno es pensar y preocuparse por este hogar nuestro inmediato, El Salvador.

La Navidad es siempre signo de paz. Con demasiada frecuencia la asumimos como una fecha familiar de consumo. Sin embargo, es una fiesta que nos llama a construir paz real: sin salarios mínimos vergonzosos, sin jóvenes marginados, perseguidos y hostigados, sin ancianos desprovistos de pensión, sin violencia homicida, sin el brutal machismo que tanta violación y abuso produce. La Navidad y el año nuevo no deberían ser tiempo de gasto y fiesta alocada, sino momento de reflexión y revisión del pasado para la construcción de un mejor futuro, basado en la igual dignidad de las personas, en la fraternidad y en la solidaridad. En Navidad debemos crecer en la conciencia de que, como dice el papa Francisco, “la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la búsqueda del bien común”.

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