Opinión

No cualquier cambio


Redacción YSUCA / 26 mayo 2021 / 2:55 pm

Omar Serrano
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A muchas personas les gustaría que la UCA se callara, que se restringiera exclusivamente a la dimensión profesionalizante y se mantuviera intramuros, indiferente a lo que pasa a su alrededor. Así sería una universidad más aceptable para los poderes, tanto fácticos como legales. Así también sería más cómodo ser universidad sin suscitar reacciones de uno u otro signo. Pero si la UCA no estuviera presente en las principales coyunturas del país desde una visión estructural de la realidad, dejaría de ser la UCA, porque parte medular de su misión es tener en el centro a la realidad del pueblo al que quiere servir. También monseñor Romero incomodaba a los poderes de su tiempo. De lo menos que se le acusó al santo salvadoreño fue de no ceñirse a lo estrictamente espiritual. Lo acusaron de estar politizado, de ser terrorista y subversivo1. Situación parecida pasó con Ignacio Ellacuría a quien muchos citan hoy en día. “Si Ellacuría estuviera vivo, le avergonzaría la UCA de hoy” dicen por ejemplo, con la conveniencia que da alguien que ya no está presente físicamente para opinar y defenderse. Ciertamente el rector mártir ya no está con nosotros porque lo asesinaron quienes, siendo incapaces de responder a la racionalidad de los argumentos, recurren a los insultos, a la calumnia y a la violencia criminal para silenciar. Y aunque ya no está físicamente, su palabra perdura entre nosotros; sus escritos sobre la realidad y la misión de la universidad son muy claros y, a pesar del paso del tiempo, sus palabras siguen teniendo gran actualidad. Personalmente estoy convencido de que si Ellacu viviera en este tiempo, también estaría siendo atacado por los mismos que ahora nos atacan, y por las mismas razones.

La UCA siempre se ha definido como universidad para el cambio social, porque está consciente de vivir inmersa en una realidad conflictiva, injusta y extremadamente desigual. Hay conciencia y experiencia de que esta opción trae consecuencias. Ellacuría lo anunciaba diciendo que la universidad “se verá sometida a las tensiones sociales no solo de quienes no quieren el cambio, sino también de quienes conciben el cambio de forma simplista.”2. Precisamente, identificarse con la transformación, hace pensar a muchos que la universidad debe apoyar cualquier tipo de cambio, pero la UCA tiene clara la dirección que necesita el país. En general, el ideal utópico que se persigue es ayudar a construir “una sociedad en que reine la justicia, la libertad y la solidaridad y en las que se den las condiciones materiales objetivas que las posibilitan”3. Y más en concreto, dice Ellacuría para su tiempo, “parece que al luchar por una apertura democrática… así como luchar por hacer del país un Estado de derecho, en el que se respeten la Constitución y los derechos fundamentales de la vida y de la persona, parecen ofrecer una tarea adecuada.”4

Claro que la UCA está por el cambio del país, pero por una transformación que profundice la democracia, el respeto de los derechos humanos, tanto los políticos como los económicos y sociales, y por consolidar el Estado de Derecho. Pero lo que está viviendo El Salvador en estos momentos, no apunta en esta dirección. El país necesita transformaciones estructurales, cambios de raíz como les gusta repetir a algunos sin entender bien o quizá queriendo manipular las palabras de monseñor Romero5. Algunos cambios de raíz serían por ejemplo, elegir a los funcionarios de las instituciones de control realmente independientes y capaces, que por primera vez el país cuente con magistrados, fiscales y procuradores que no tengan más compromiso que con la justicia y con la verdad; contar por fin con un gobierno realmente transparente, que rinda cuentas al pueblo; implementar una reforma fiscal progresiva, en la que paguen más los que tienen más y se ponga alto a la evasión y elusión fiscal y que en el centro del quehacer de las autoridades esté la dignificación de la vida de la mayoría de la gente; impulsar una reforma al sistema de pensiones que favorezca de verdad a los pensionados y que no se haga para apropiarse de los fondos de la clase trabajadora ni que signifique hipotecar el futuro de las nuevas generaciones a base de préstamos. Este tipo de cambios necesita el país y este tipo de cambios la UCA los ha propuesto durante años -y los sigue proponiendo- y acompañaría si son genuinos. Sin embargo, lo que se está promoviendo no augura mejores tiempos para este pueblo. La mentira se ha hecho política pública, se miente con descaro; se eligen funcionarios de segundo grado no por su fidelidad e incondicionalidad a la ley y al país sino al presidente y su grupo; se oculta toda la información oficial y los signos de corrupción ya son inocultables; se articula un discurso bonito a través de una poderosa publicidad que anuncia cambios que la gente quiere, pero por el contrario se hace del país un gran negocio para otra cúpula. Y el militarismo es la carta de garantía que el presidente tiene para poder hacer impunemente todo lo anterior.

La UCA, por ética, por su fidelidad a la verdad y a este pueblo, no podrá dejar de decir lo que la ciencia y la racionalidad le indican, aunque esto no sea comprendido ahora por mucha gente. Como decía el mismo Ellacuría, “esta realidad de tanta significación y de tanta fuerza no puede dejarse en manos técnicamente irresponsables y políticamente inmorales”6. Se equivoca quien piensa que la UCA no apoyará medidas que cambien para bien la situación estructural del país sin importar sus impulsores y también se equivoca quien piensa que es mejor que se calle cuando los cambios que se promueven son contrarios al bienestar de la gente, aunque esto le cueste insultos, calumnias y quién sabe qué más. En las etapas más lúgubres de nuestra historia también existían estas dos posturas, fuera y dentro de la universidad, pero el compromiso con la verdad y con los pobres no la hizo desistir. Comprendemos y compartimos las legítimas aspiraciones de cambio de este sufrido pueblo, pero es deber ético advertir y denunciar cuando los cambios que se ven no son los esperados. En este contexto conviene también parafrasear a otro jesuita mártir, Ignacio Martín-Baró: El presente es tan oscuro, que cualquier alternativa genera esperanza, probablemente más hecha de deseo que de evaluación objetiva de una mejora.”7 El cansancio por tanto esperar hace que la gente busque desesperadamente una alternativa y entonces se vuelve presa fácil del engaño y la manipulación.

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Referencias

1. Informe de la CIDH sobre el caso de Monseñor Romero, 13 de abril de 2000. https://www.cidh.oas.org/annualrep/99span/De%20Fondo/ElSalvador11481.htm
2. Ellacuría I, (1999); Escritos Universitarios, San Salvador, UCA Editores; p. 107
3. Op. Cit.; p. 114-115
4. Op. Cit.; p. 116
5. Nos referimos a estas palabras del profeta mártir: “Los nombres de los asesinados irán cambiando, pero siempre habrá asesinados. Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero habrá siempre violencia mientras no se cambie la raíz de donde están brotando todas esas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente”. (Homilía 25 de septiembre de 1977, I-II p. 240).
6. Ellacuría, Op. Cit.; p. 75
7. La frase textual es: “Sin duda el presente es tan negro, que cualquier cambio despierta expectativa, probablemente más hecha de deseo que de evaluación objetiva, de una mejora”. Baró, Ignacio M. (1989); La Opinión Pública salvadoreña (1987-1988); UCA Editores; p. 71

 

* Omar Serrano, vicerrector de Proyección Social. Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 45.