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Problemas del liderazgo

03-10-2016 10:37:AM

Si preguntáramos por las cualidades del liderazgo nacional, probablemente se respondería desde el desconcierto. La realidad nos dice que es intelectualmente flojo y cobarde a la hora de actuar. O por lo menos que quienes aparecen con más frecuencia en la televisión y los periódicos, tanto de los partidos políticos como de la empresa privada, tienen una visión corta y cargada de intereses particulares, y son incapaces de debatir con seriedad los problemas del país. Además, tienden a imponer sus propias convicciones y conclusiones con argumentos muy débiles. Aunque eso da risa, indignación o tristeza, según quien los escuche, lo cierto es que hay salvadoreños bastantes mejor formados y críticos que no son escuchados ni, mucho menos, consultados.

Es raro que un intelectual en nuestro medio se anime a llamar ignorante a un líder económico de peso. Nos podemos burlar del liderazgo político y de sus deficiencias, pero no se formulan contrapropuestas claras. Y en lo que respecta a los líderes del sector económico, todo resulta más difícil. Los ricos de este país, junto con sus representantes, pueden decir lo que les viene en gana, pues los intelectuales prefieren no enfrentarse a ellos y los grandes medios de comunicación no se atreven a cuestionarlos. La excepción se da en Internet. En la Red hay un griterío insultante de todo tipo y tendencia contra cualquier estilo de pensamiento, incluido el de la élite económica. Es el mundo de los troles y de los aficionados a verter bilis. Pero esa crítica no solo carece de peso intelectual, sino también del formato racional propio de una afirmación responsable.

El liderazgo político, aun en medio de la problemática del país, no se atreve a proponer medidas estructurales de cambio. El acuerdo fiscal no se discute a pesar de que la recaudación es insuficiente y está por debajo del promedio latinoamericano. No hay un debate serio en el que se aborde adecuadamente el balance que debe haber entre impuestos progresivos y regresivos. La única propuesta formal de largo plazo es la que aparece en el plan El Salvador Educado. Pero ha caído en el olvido demasiado pronto. En el debate político, lo estructural se deja de lado casi inmediatamente para discutir sobre parches. Otros temas como la propiedad de la tierra y la productividad de la misma ni se mencionan. La cuestión del salario mínimo no ha tenido el eco que se necesita desde la ética y la projimidad. Los políticos no se atreven a rebatir las falsedades de algunos de los representantes del empresariado. Mucho menos a discutir sobre la necesaria formalización del trabajo y los mecanismos para ello. Un país con casi la mitad de su población económicamente activa en la informalidad no sale adelante.

Incluso para la situación de criminalidad los políticos no saben más que repetir palabras del pasado. Al delito no hay que investigarlo sino reprimirlo, dicen algunos de ellos, usando la misma palabra que anteriormente denunciaban por su carga autoritaria y atentatoria de los derechos humanos. A los delincuentes no hay que rehabilitarlos sino que hay que hacerles la guerra, repiten otros. Si en el pasado se les llamaba “delincuentes terroristas” a los miembros de la guerrilla, hoy se les denomina “terroristas” a los delincuentes. Este pobre vocabulario, tan neciamente concentrado en la represión, la guerra y el terrorismo, refleja la debilidad mental de la mayor parte de quienes integran el liderazgo nacional. Y esa debilidad acaba abonando al estancamiento del país.

El liderazgo económico-empresarial tiene problemas crónicos. En su conjunto, nunca se decanta por la verdad. Le encanta tildar de inútiles a los políticos de izquierda y censurarles todo lo que va encontrando a su paso. Pero nunca hace planteamientos de fondo. Comulga fácilmente con pensamientos y posiciones de ultraderecha; no parece saber lo que es la solidaridad como valor irrenunciable de las sociedades democráticas. En general, toda expresión que lleve como acompañante el término “social” le parece peligrosa. Hablar de justicia social les suena por lo menos de mal gusto, y algunos hasta ven en esa conjunción de palabras las sombras del comunismo. Confunden socialización de bienes básicos, como la salud o la educación, con socialismo radical, oponiéndose de esa manera a políticas responsables de inclusión. Listos para los números que les convienen, son analfabetos en lo que toca a ideas solidarias y sentimientos de humanidad.

El país no saldrá de su estancamiento a través de la profundización de la crisis, sino desde el diálogo y desde acuerdos que impliquen a la población en la dinámica de un desarrollo social inclusivo. Mientras esto no se dé, estaremos condenados a ir crisis tras crisis, multiplicando tensiones, parches, populismos y represiones. Acusarse mutuamente de que el otro es el que no quiere dialogar no sirve para nada. Si tan incapaces son, la búsqueda de mediadores o de árbitros es la opción. Pero el problema es que ni los líderes políticos ni los empresariales caen en cuenta de sus debilidades y buscan remediarlas.


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