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Opinión

Acuerdos de Paz e Iglesia


Redacción YSUCA / 26 enero 2021 / 12:48 pm

*José M. Tojeira
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Los Acuerdos de Paz de El Salvador están reunidos en un pequeño libro y muestran un trabajo continuado en favor de la paz. Generalmente se han celebrado como Día de la Paz en la fecha en que se firmaron los Acuerdos definitivos en Chapultepec, México. Leyendo los Acuerdos podemos encontrar diferentes compromisos, la mayoría de ellos centrados en los derechos políticos y civiles. La creación de una nueva policía, de índole civil, y la depuración del ejército, el compromiso de no dejar en la impunidad crímenes graves cometidos contra la guerra, la creación de la Procuraduría de Derechos Humanos, el reparto de tierras a ex combatientes son parte de este texto que dio origen al fin de la guerra. Fue un paso muy importante en nuestra historia y merece ser celebrado. Pero hubo posteriormente incumplimientos graves al dejar en la impunidad crímenes de guerra cometidos por ambos bandos, y al no depurar adecuadamente la Fuerza Armada. El intento de los Acuerdos de crear una institución de diálogo, llamado el Foro para la Concertación Económica y Social, fracasó en el mismo año que se firmó la paz. Monseñor Rivera, comentando los Acuerdos, solía decir a sus amigos que los Acuerdos nos libraron de una guerra, pero que no habían podido poner las bases para la eliminación de las causas de la guerra. Causas que él centraba en la pobreza injusta, la desigualdad escandalosa y la corrupción, que no se estaban tocando adecuadamente.

La Iglesia, durante los 11 años de guerra civil, y por supuesto también antes de la guerra, había clamado por la justicia social, defendido a los pobres y promovido sus derechos, como parte de su labor evangelizadora. Tanto Monseñor Chávez como Monseñor Romero y Mons. Rivera, cada uno de diferente forma, impulsaron intensamente la solidaridad con los empobrecidos y defendieron sus derechos casi durante medio siglo. Muchos laicos cristianos y sacerdotes participaron en este esfuerzo eclesial. Ya en tiempo de Monseñor Romero se veía venir la tragedia de la guerra y numerosos laicos y sacerdotes fueron llamados al martirio por defender el mensaje evangélico de solidaridad con quienes sufrían abusos, tanto económicos como sociales. Durante la guerra el trabajo por la paz fue muy intenso y decidido. El P. Ellacuría y sus compañeros dieron la vida trabajando por el diálogo y la paz, al tiempo que defendían los derechos de los pobres, que eran en definitiva los que más sufrían la guerra. Monseñor Rivera y nuestro Cardenal Rosa Chávez, fueron también amenazados en repetidas ocasiones, e incluso hubo un intento gubernamental de sacarlos del país.

Nuestra Iglesia actual es heredera de ese trabajo por la paz. De hecho, nunca dejó de trabajar en favor del diálogo, la reconciliación y la justicia social. El trabajo en favor de la paz, íntimamente ligado a los derechos de la población, es parte de la pastoral social de la Iglesia. Y así la vemos defendiendo el medio ambiente sano, impulsando la prohibición de la minería metálica, comprometida con el derecho universal al agua y protegiendo las zonas de recarga hídrica, así como impulsando, incluso mediante propuesta de ley, el derecho a la alimentación. Los Acuerdos de Paz no son ajenos a la Iglesia, porque ella siempre ha trabajado por la paz con justicia. Y es este último aspecto, el de la justicia, el que la Iglesia echa de menos en la historia que ha seguido a los Acuerdos. Desde la reunión de obispos del CELAM en Medellín (1968), nuestros pastores nos recordaron a todos los latinoamericanos, a la luz del Concilio Vaticano II, que “la paz es, ante todo, obra de la justicia”. En el Concilio la Iglesia había insistido en que “para edificar la paz, se requiere ante todo que se desarraiguen las causas de discordia entre los hombres”. Y mencionaba entre las causas que se debían superar a las “excesivas desigualdades económicas y la lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias” (GS 83). Si no nos dijeran que es un texto del Concilio, hasta podríamos pensar que es parte de un análisis de El Salvador actual.

La celebración tradicional de los Acuerdos, centrada especialmente en el protagonismo de la firma por parte de quienes guerreaban, ha olvidado con demasiada frecuencia el trabajo de tanta gente de Iglesia en favor de la paz. Pero la Iglesia está acostumbrada a que no se le reconozcan sus méritos, y tampoco trabaja para que se le alaben sus esfuerzos. Pero como Madre y Maestra que peregrina junto con el pueblo salvadoreño, sí debe recordar a los políticos la necesidad y la urgencia de avanzar sistemáticamente y con mayor rapidez en el desarrollo de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales de la población. Los Acuerdos de Paz fueron un paso importante en nuestra historia. Son parte también de la historia de la Iglesia salvadoreña. Pero ese paso dado hace 29 años no puede hacernos olvidar que la paz es un trabajo permanente, y que es urgente erradicar las causas de la violencia y la discordia, como bien nos decía nuestro arzobispo en su primera carta pastoral.

*José María Tojeira, S.J., director del IDHUCA

 

 

 

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