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Opinión

Consideraciones sobre el odio y la Covid-19


Redacción YSUCA / 19 mayo 2020 / 11:07 am

El diccionario de la lengua define el odio como “Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Hay en la definición una doble direccionalidad: Una contra las cosas (algo), y otras contra las personas (alguien). Es una división importante porque a los seres humanos nos gusta demasiado unir todo aquello que nos desagrada bajo el odio, cayendo así con demasiada frecuencia en serias confrontaciones que aumentan nuestros problemas. El odio contra las cosas puede ser bueno o malo. Odiar a cosas como determinados colores, odiar el campo, odiar la ciudad son actitudes generalmente no constructivas y en ese sentido no mejoran moralmente a la persona humana. En cambio odiar la injusticia, la mentira, la violencia o el crimen, deseando que desaparezcan o se limiten al menos, es generalmente positivo y ayuda a la persona a crecer como ser humano. En economía algunos destacados teóricos han hablado de la destrucción creativa, poniendo también factores positivos en el concepto destrucción, (pariente del odio cuando hay conciencia e intencionalidad). Desde los Derechos Humanos se odia al abuso de poder cuando daña o restringe los derechos de las personas y se ama la solidaridad construida sobre el aprecio a la dignidad inalienable de toda persona.

Si el odio a las cosas puede ser bueno o malo, según las condiciones y racionalidad del mismo, el odio a las personas es prácticamente siempre un verdadero mal moral. Y cuando el odio se convierte además en colectivo, odio de razas, odio de clases, odio a migrantes, etc., se vuelve profundamente destructivo a nivel social. Las peores crueldades de la historia humana se han justificado siempre desde ese odio colectivo a otras colectividades humanas. De hecho, el genocidio, el delito hoy reconocido como el más grave en el mundo jurídico, no es más que el resultado de esos odios colectivos inculcados y dirigidos a determinados grupos de personas. ¿Y qué pasa entre nosotros? En El Salvador pasamos demasiado rápido del odio a las cosas al odio a las personas. Y ello nos crea no pocas dificultades. Porque el odio a las personas tiende siempre a convertirse en un sentimiento mutuo, provoca el enfrentamiento, oscurece la razón y lleva a la repetición de las ofensas, cuando no al crimen y al homicidio. El odio entre personas es un mal social, porque impide el diálogo, que es la única forma de avance en la relación entre las personas y entre los grupos y sectores sociales de las sociedades complejas. Lleva además a la deformación de valores universales que tratan de ser sustituidos o bien por ideologías, o bien por sentimientos exacerbados de nacionalidad, raza, condición social, etc.

En El Salvador si todos odiamos la pandemia, al fin y al cabo una cosa, no debería ser difícil  ponerse de acuerdo. Sin embargo, los desacuerdos, en vez de limarlos y resolverlos a través del diálogo, parece que queremos resolverlos a gritos e insultos. Y cuando eso pasa, no tarda en aparecer el odio. Las redes son una mezcla de esfuerzos por encontrar caminos y soluciones racionales y, simultáneamente, un torbellino en el que se manifiesta odio incluso a una bebé simplemente por ser hija de uno de los que están en medio de los pleitos generadores de odio. Urge que se alcen voces contra el odio y la incapacidad creciente de dialogar. Todos hablamos de salvar vidas, pero si quienes alientan o participan en discursos de odio alcanzan la mayoría, no solamente fracasaremos ante el covid-19, sino ante otros muchos valores indispensables para construir una sociedad justa y desarrollada. Hay demasiadas cosas pendientes como para dejar fluir una corriente de sentimientos desbordados que no nos llevan a  ninguna parte y que puede quedar incrustado en nuestra cultura, ya de por sí inclinada a reacciones violentas.

La superación del odio implica dar pasos. En medio de las tensiones que ha habido en El Salvador, y en medio de los problemas presentes y futuros que nos esperan, es importante dar señales de acercamiento. Al Presidente Bukele, que con su modo rápido de tomar decisiones y con su obstinación en hacer las cosas según él cree que deben ser hechas, le toca iniciar el camino del diálogo. Tiene una fuerte representación popular y tiene sobre todo la grave responsabilidad constitucional y personal de llevar el país por la vía del bien común, más allá de los disensos. También su modo de actuar y de responder a quienes considera contrarios ha despertado críticas por una parte y contra críticas por otras, hasta llegar a los umbrales del odio. En ese sentido dar el primer paso sería importante. Reconocer que se equivocó en el veto contra el seguro de vida de médicos y enfermeras sería un buen gesto, que además sería un estímulo y una palabra de ánimo importante para quienes tienen la parte más dura y complicada de estos días de pandemia. Retirar el desconocimiento de Javier Simán como presidente de ANEP e invitarlo a dialogar sería también un buen gesto. Reconocer errores y solicitar apoyo de las diferentes instituciones requiere más creatividad que responder con ataques verbales a quienes piensan distinto. Abrirse a la creatividad ajena y al diálogo con quienes piensan diferente le ayudaría a combatir esta incipiente epidemia de odio que se está levantando en el país.

Pero no solo el Presidente tiene que dar pasos. La Asamblea Legislativa debe mostrar capacidad de enfrentar situaciones. La Asamblea debe convocar a médicos especialistas y formarse bien en lo que debe ser una respuesta a una epidemia como la que nos amenaza. Durante todo este tiempo de epidemia la Asamblea debería estar acompañada por un comité de especialistas, epidemiólogos, infectólogos y neumólogos que la asesoren. No basta con decir que en la Asamblea hay médicos, que generalmente no tienen una capacidad y conocimientos adecuados para casos como el que enfrentamos. La Asamblea nunca se ha caracterizado por encarar adecuadamente otras amenazas epidémicas como las del dengue o la de la enfermedad renal crónica. Es tiempo ya de dejar esa actitud de indiferencia y comenzar a manejar con mucha más capacidad la problemática de salud del país. Si ahora se forma un criterio epidemiológico, tendrá más capacidad para enfrentar después otras temáticas, como la del agua, en las que ha mostrado una gran incapacidad de responder a las necesidades de El Salvador. Y por supuesto, podría hablar de tu a tu al Presidente, como un poder del Estado que el Presidente debe tener en cuenta porque tiene pensamiento propio y no está sujeta al viento de intereses demasiado particulares, sean políticos o económicos.

También la Empresa Privada tiene que dar pasos claros de colaboración. Mientras piense que el mercado es el factor fundamental de solución de los problemas, no vamos bien. Una situación como esta pandemia deja como experiencia que necesitamos más Estado para solucionar nuestros problemas, aunque exijamos con toda razón que ese Estado más presente sea democrático, social y de derecho. Para que el Estado sea más Estado es indispensable una reforma fiscal capaz de financiar estructuras de salud, educación, trabajo y vivienda solidarias. Los empresarios deben estar conscientes de que a ellos les corresponde tener una aportación mucho mayor que la actual, tanto económicamente como vía impuestos. Harán bien en exigir una mayor transparencia. Pero no se puede seguir insistiendo, por ejemplo, en que la empresa tenga una palabra definitiva en el control del agua nacional. La pandemia nos ha demostrado que la gente más importante del país no son los encorbatados de las grandes instituciones económicas, políticas o sociales, que dan consejos, lanzan proclamas y deciden sobre el bien y el mal. Quienes ahora son indispensables no son ellos, sino las enfermeras, las cajeras de los supermercados, las empleadas de las farmacias y de los bancos, los mensajeros que transportan en motocicleta nuestras compras. Sería absurdo que a ellos se les negara el agua. No basta decir que ya dan trabajo a la gente y que esa es su mayor responsabilidad. Oponerse a un salario mínimo decente o votar contra los derechos de las trabajadoras del hogar, como ha hecho el año pasado la patronal salvadoreña representada en la OIT, son cosas que deben pertenecer al pasado cuando los problemas son tan colectivos y profundos. Una empresa privada sin mayor solidaridad aportará muy poco a la superación de la crisis.

Y finalmente, otros sectores de la sociedad civil tienen también responsabilidades. La capacidad crítica y el desarrollo de apuestas de desarrollo tienen que mirar especialmente hacia las necesidades y las posibles soluciones de los problemas que aquejan a los grandes sectores de pobreza y vulnerabilidad, mayoritarios en el país, y hoy los más afectados por la pandemia del Covid-19. La investigación, la racionalidad, la capacidad de mediación, las estructuras de servicio, tienen que centrarse en la gente y en sus necesidades, al tiempo que defienden los derechos básicos de las personas concretas. Nuestro país está demasiado golpeado por una historia de autoritarismo y de indiferencia ante las necesidades de los pobres. Y si a los políticos les corresponde ayudar a los empobrecidos de nuestro pueblo a organizarse, ser conscientes de su situación, elevar su voz y dar conscientemente su voto, a las Universidades y organizaciones no gubernamentales les corresponde aportar soluciones técnicas y socialmente justas, coherentes con una mayor solidaridad, que posibiliten soluciones a la problemática existente.

El odio contra las personas, decíamos, impide el diálogo. E imposibilita, además, el desarrollo de la solidaridad. Y esta epidemia de Covid-19 sólo podremos superarla adecuadamente si somos capaces de estructurar un Estado más solidario. La ONU ha advertido de la necesidad de aumentar los presupuestos de los países en salud mental, pues la actual pandemia, con la necesaria reclusión domiciliar, el aislamiento social, la pérdida de trabajo, el estrés de los trabajadores de la salud, la sobrecarga de trabajo hogareño para las madres de niños y niñas, y la crisis económica y el desempleo que ya ha comenzado, generará una gran cantidad de situaciones de depresión, falta de atención, cansancio sicológico, insomnio, etc. Una sociedad como la nuestra, con problemas de pobreza y violencia, se verá fuertemente golpeada si empeora la salud mental de mucha gente. El odio contra personas es casi siempre un problema de salud mental que suele aumentar en medio de las crisis. De nuevo la solidaridad es la única que puede generar confianza y esperanza. Y ayudar a la recuperación de la salud mental de quienes se vean afectados. ¿Cómo avanzar en solidaridad y desterrar el odio? Solamente hay un camino: el diálogo y el caminar desde el consenso más amplio posible.

*Por el Padre José María Tojeira, S.J.

(Director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA.)

 

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