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Opinión

Ética para corruptos


Redacción YSUCA / 14 enero 2020 / 2:38 pm

Wilson Sandoval*

Hoy día, cabe cuestionarse si la cárcel y lo penal son las respuestas más adecuadas al fenómeno de la corrupción. Pareciera que en El Salvador la prisión no es un disuasivo que logre calar en los funcionarios, sin importar su jerarquía. Para el caso, el Ejecutivo evidencia registros de corrupción desde 1989, según el estudio de ICEFI “La corrupción: sus caminos e impacto en la sociedad y una agenda para enfrentarla en el Triángulo Norte Centroamericano”. En ese sentido, la corrupción no es un mal reciente, y la población exige “leyes más duras” o “penas más severas” contra quienes cometen ilícitos en función de su cargo público. Sin embargo, parece que los corruptos y corruptores tienen la capacidad de sortear las consecuencias de sus actos al disponer de recursos legales que les favorecen —como los juicios abreviados— y al aprovecharse de la debilidad de instituciones que componen el sistema de rendición de cuentas del país, como el Tribunal de Ética Gubernamental o la Sección de Probidad.

La corrupción no debe verse o tratarse únicamente a nivel económico o legal como se acostumbra tradicionalmente. Uno de los principales factores que permiten el desarrollo de la corrupción es el ético-cultural, el cual apunta a que es tolerada a pesar de manifestar actitudes que riñen con la probidad. Así, el éxito fácil y rápido que algunos funcionarios proyectan a la ciudadanía mediante redes sociales o su estilo de vida termina por ser alabado por muchos, aunque dicho “éxito” suponga sobrepasar normas jurídicas y éticas. Pero ¿qué opciones pueden presentarse ante esta situación más allá de lo jurídico y lo económico? En el plano internacional, la ética está tomando realce como una opción a largo plazo para transformar o modificar el depósito de valores de las sociedades, es decir, su cultura. Así, la corrupción no es un problema que pueda superarse de manera inmediata mediante leyes, decretos o la creación de más instituciones. Su superación requiere de estrategias holísticas que supongan replantear las bases de la sociedad misma y que apuesten por incluir a los ciudadanos como protagonistas que actúen con intolerancia o repudio ante actos contrarios a la ética y a las leyes.

Una forma de superar la corrupción y transformar así la cultura que la sustenta en el largo plazo es la adopción de la ética como una disciplina práctica y filosófica capaz de generar cambios. Un método ya probado en el mundo anglosajón es la incorporación de la ética en los estudios universitarios mediante la transmisión de valores; la idea es aplicar metodologías en el aula que permitan que los estudiantes reflexionen sobre valores y antivalores que son aceptados o repudiados por la sociedad. El papel del profesor en el aula universitaria consistiría en fomentar el diálogo y la participación mediante un esquema de clase —ya sea en las ciencias exactas o inexactas— que apunte a la dignificación del ser humano, pilar fundamental de la ética. No se trataría únicamente de incorporar dos o tres materias sobre moral o ética al pénsum de una carrera, sino de formar profesionales que posean herramientas para lidiar con dilemas éticos, mediante la reflexión y deliberación, como vías para alcanzar una vida de integridad. En otras palabrasno interesa tanto que sepan lo que éticamente es correcto en el ejercicio de su profesión, sino que sepan comportarse éticamente como profesionales y ciudadanos.

Otra forma es apostar por una transformación cultural desde la educación en valores para la niñez y adolescencia en la escuela. Se buscaría que los educadores transmitan valores a la infancia, de manera que los niños y niñas puedan convertirse en personas comprometidas con la sociedad, poniendo en práctica valores como solidaridad, justicia, sinceridad, empatía, honradez, etc.; en adultos con capacidad de decidir políticamente en una democracia sobre la base de principios y valores, expulsando del sistema a políticos, candidatos o funcionarios que, antes incluso de violar la ley, sobrepasan los valores éticos que la sociedad ha definido como aceptables.

En El Salvador, luego de “endurecer” leyes y apelar a discursos vacíos pro transparencia por años, es momento de apostar por la ética como un antídoto capaz de transformar a una sociedad y una clase política que parece estar extraviada ante la falta de valores y principios. Es hora de educar a niños y jóvenes en cómo resolver dilemas y conflictos sobre la base de la ética, de manera que adquieran conciencia sobre lo conveniente y lo nocivo para el país, asumiendo deberes de forma voluntaria para actuar de manera íntegra y responsable en el ámbito de sus acciones. Como sostiene la filósofa Adela Cortina: “El papel del Estado debe ser impartir la ética en las escuelas a los niños. Si desde pequeños les enseñamos a servir, al final tendremos buenos jueces, buenos políticos y profesionales. Hay que crear conciencia, desde temprana edad, de que estamos en sociedades que valoran la libertad, la igualdad, la solidaridad y el respeto por los derechos humanos”.

Si el Estado salvadoreño asume el papel descrito por Cortina, estará sentando las bases para superar la corrupción como un problema nacional agudo e incluso podrá sentar un precedente que superaría a meros esfuerzos normativos u organizacionales que no dejan entrever cambios a escala social. Asumir este rol significaría una reingeniería a nivel educativo, que promueva una educación basada en valores antes que en la competencia indiscriminada, el éxito fácil o rápido, las apariencias o el mero lucro; elementos que hoy por hoy parecen guiar a nuestra clase política y que la sociedad directa o indirectamente parece tolerar al carecer de un “norte” basado en la ética, la cual, como la disciplina que es, apunta a una sola cosa: la excelencia en las acciones a fin de dignificar al ser humano.

* Wilson Sandoval, graduado UCA de la Maestría en Ciencia Política.

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