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Editorial

Universidad parcializada


Imelda Jacobo / 19 noviembre 2019 / 4:18 pm

Editorial UCA

 

El punto de observación, el desde dónde, es decisivo a la hora de percibir, entender e incidir en la realidad, así como pesa la historia personal del observador, sus valores y principios. Por ejemplo, para los empresarios que en junio pasado presentaron su análisis de la situación económica e industrial de los últimos 10 años, la falta de flexibilidad laboral es un obstáculo para aumentar la productividad. Por tanto, a su juicio, si se quiere que El Salvador avance, es necesario que la flexibilización se aplique. Sin embargo, para las organizaciones de trabajadores, dar ese paso significaría violar derechos adquiridos, como la duración de la jornada de trabajo, la estabilidad laboral y otras prestaciones. Lo mismo ocurre con el salario mínimo. Cada vez que se habla de un aumento, las gremiales empresariales vaticinan cierre de empresas y despidos masivos por la supuesta incapacidad para costearlo. En contraste, para los trabajadores, el aumento al salario es la única posibilidad de cubrir parte de sus necesidades elementales.

En estos días en que conmemoramos el XXX aniversario del asesinato de seis sacerdotes jesuitas y dos mujeres, es oportuno recordar que uno de los grandes legados de Ignacio Ellacuría y sus compañeros fue la apuesta por un modelo distinto de universidad. Los mártires nos heredaron un desde dónde ver y analizar la realidad. En una sociedad con grandes desigualdades, con niveles de desempleo, pobreza y violencia que cada año obligan a miles a migrar, la universidad debe ponerse al servicio de la transformación. Ellacuría afirma que, en una sociedad dividida, la opción de una universidad es y debe ser en favor de las mayorías oprimidas por la injusticia (sea del tipo que sea) y, en consecuencia, contra quienes las oprimen, incluyendo al Estado en tanto representante de minorías e instrumento a su servicio.

Es decir, la universidad debe ver la realidad desde los intereses de los que más sufren, los excluidos, los desempleados, los migrantes, los que viven bajo el yugo de la violencia y la pobreza. Este modelo de universidad fue lo que les causó la muerte. Pero su martirio solo confirmó que es posible poner a una universidad al servicio de los que sufren, y ese legado se ha diseminado por el mundo entero. Sin embargo, 30 años después de aquel crimen atroz, algunos sectores no terminan de entender a la UCA y la acusan de ser parcial. Pero la opción por los excluidos no es un capricho.

En primer lugar, desde la epistemología, la opción por las mayorías se basa en que ellas y su realidad objetiva son el lugar adecuado para analizar el sistema que organiza la sociedad. Si se nos dice que se gobierna para el bienestar de todos, pero las condiciones de vida de la mayoría de la población no mejoran, entonces ese discurso es falso. Desde la ética, se considera una obligación moral básica ponerse del lado de los débiles y de los vulnerados, y en contra de quienes los oprimen y excluyen para beneficio propio. Por ejemplo, ponerse del lado de las víctimas de las graves violaciones a derechos humanos es estar del lado de la justicia y contra los que quieren mantenerse en la impunidad. Desde un punto de vista auténticamente cristiano, que es el que inspira y fundamenta a la UCA, los oprimidos y excluidos son el lugar privilegiado para conocer y realizar la salvación en la historia. Esta es la opción de la universidad por la que los mártires dieron la vida. Tener en el centro del quehacer universitario a los que sufren y su realidad, mantener el “desde las mayorías”, es la mejor manera de ser fieles al legado de quienes se sacrificaron para enseñarnos el camino.

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