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Editorial

El hartazgo de las mayorías


Imelda Jacobo / 29 octubre 2019 / 4:14 pm

Editorial UCA

 

Ecuador, Venezuela, Bolivia, Chile, Nicaragua, Brasil, Honduras y Colombia, entre otros países, muestran una profunda insatisfacción. Las manifestaciones de protesta se suceden unas a otras. Las explicaciones son diversas, pero la línea general de los análisis refuerza la tesis de Ignacio Ellacuría, que atribuía muchos de los problemas sociales de nuestras sociedades a la civilización del capital y a la búsqueda de maximización de los beneficios. Es evidente que los autores influidos por el marxismo insisten en la maldad del capitalismo, pero también pensadores liberales critican al capitalismo salvaje. Ya el papa Pío XI decía hace más de 80 años que en la ilimitada libertad de los competidores sobreviven “solo los más poderosos, lo que con frecuencia es tanto como decir los más violentos y los más desprovistos de conciencia”. De ahí a la frase de san Agustín “Posees lo ajeno cuando posees lo superfluo” no solo hay un paso, sino también un motivo de indignación. Porque quienes acumulan hoy bienes superfluos dejan en el desamparo y la vulnerabilidad a grandes sectores de la población.

“Una sociedad que se funda exclusivamente en la competencia fracasó”, decía un obispo chileno comentando las grandes manifestaciones de protesta en su país. “Tan pronto como la competencia sustituye a la solidaridad, los individuos se ven abandonados a sus propios recursos, lastimosamente escasos y a todas luces insuficientes”, afirma Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos más reconocidos del siglo XX. Y por eso mismo el gran pensador liberal Isaiah Berlin decía que “la libertad de los fuertes, sea económica o física, tiene que ser restringida”. Según una asesora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, “en la actualidad la mayoría de las naciones modernas, preocupadas como están por el incremento de la renta nacional y por conquistar o conservar una cuota del mercado global, han venido centrándose cada vez más en un conjunto restringido de habilidades comercializables en el mercado laboral y consideradas como generadoras potenciales de beneficios económicos a corto plazo”. Chile, presentado con frecuencia como un modelo para América Latina, es ejemplo insigne de ese esfuerzo en favor del éxito competitivo que al no tener mecanismos adecuados de redistribución de la riqueza crea cada día más desigualdad. Sin esa desigualdad serían incomprensibles las multitudinarias manifestaciones exigiendo un cambio social.

Es claro que en América Latina se ha protegido la ley del económicamente más fuerte con la esperanza de que el crecimiento de los ricos empujara el desarrollo nacional. Al final, esta especie de darwinismo económico-social solo ha multiplicado la desigualdad. Los subsidios enfocados a la población en pobreza contribuyeron a principios de este siglo a reducir ligeramente la desigualdad y a mantener en relativa calma a los pueblos. Pero la permanencia de la dinámica de exclusión está acabando con la paciencia de los sectores más vulnerables, que tienden a ser mayoría en muchos de los países latinoamericanos. En El Salvador, la falta de conciencia de los grandes empresarios y su empeño en incidir en la política pensando casi en exclusiva en sus intereses han sido uno de los frenos más decisivos para alcanzar un desarrollo económico y social aceptable. Mientras la ética y los principios de justicia no permeen los criterios tanto de políticos como de empresarios, difícilmente podremos superar el descontento. El triunfo de Nayib Bukele es una muestra del hartazgo con los últimos treinta años de política e incidencia empresarial en la misma. Si las cosas no cambian, es probable que ese cansancio extremo se exprese en las calles en vez de en las urnas y las redes sociales.

Un pensador francés, al analizar las protestas de jóvenes de barrios marginales en París, decía lo siguiente: “Por un lado, los jóvenes de los barrios periféricos de las grandes ciudades asimilan masivamente las normas y los valores consumistas. Por el otro, la vida precaria y la pobreza les impiden participar plenamente en las actividades de consumo y en las diversiones comerciales. De esta contradicción surge con fuerza un chorro de sentimientos de exclusión y de frustración, al mismo tiempo que comportamientos de tipo delictivo”. El análisis vale para todos los países; y más aún para El Salvador, muy centrado en el consumismo y promotor del mismo a pesar de la pobreza. La cantidad de vallas publicitarias en las calles y de propaganda en los medios de comunicación no dejan mentir. Si tenemos en cuenta que al menos tres cuartas partes de los salvadoreños se ubican en los márgenes de la pobreza o de la vulnerabilidad, no cabe extrañarse de la delincuencia existente. No debemos olvidar que solo un desarrollo social solidario puede conducir al goce de la paz social.

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