Editorial

Mal diagnóstico, mal remedio


Imelda Jacobo / 22 febrero 2019 / 4:04 pm

Editorial UCA

22/02/2019

Ninguna visita de un alto funcionario estadounidense a nuestros países es gratuita. La Secretaria de Seguridad Nacional de los Estados Unidos vino a exigir que cesen las caravanas de migrantes. Pidió a los Gobiernos del Triángulo Norte de Centroamérica un “liderazgo audaz” para parar la dinámica de migración colectiva hacia Estados Unidos. Y a ello se comprometieron los ministros de seguridad de Guatemala, Honduras y El Salvador. Pero prohibir las caravanas de migrantes es tan efectivo como prohibir el hambre cuando no hay comida. Detenerlas por la fuerza sería como pretender imponer el perdón por decreto, sin tomar en cuenta el sentir de la víctima ni el reconocimiento del daño causado por parte del victimario. Buscar frenar las caravanas para congraciarse con otros no es más que un arreglo cosmético para ocultar la realidad.

Obviamente, parten de un diagnóstico equivocado o, por lo menos, incompleto. Según declaraciones de la Secretaria, se pretende acabar con los coyotes y delincuentes que estarían detrás de las caravanas, asumiendo que ellos encabezan o lideran los desplazamientos masivos. Para ella, las caravanas han traído crimen, violencia e inestabilidad a la región. No se puede negar que hay gente que se aprovecha de la desgracia ajena e intenta manipular a algunos migrantes prometiéndoles el paraíso. Pero la decisión de abandonar el propio país y aventurarse en un camino incierto obedece a la desesperación de familias enteras por el acoso de grupos delincuenciales y la falta de oportunidades. A la base de este drama humano están la violencia y la pobreza, dos problemas que son responsabilidad de los Gobiernos de la región. Achacar toda la culpa a los traficantes de personas es lavarse las manos.

Por otro lado, detener la migración por la fuerza violentaría el derecho a la libre movilización garantizado en las Constituciones de los países de Centroamérica. No hay razón para detener una movilización colectiva que no interfiere ni atenta contra los derechos de otras personas. Migrar no es delito; delito es lo que causa la migración forzada. Además, en el caso de que se logren frenar las caravanas, no se detendrá la migración. Lo que sucederá es que el éxodo hacia el norte volverá a ser el de siempre: por goteo, clandestino, individual, sin llamar la atención en el trayecto ni en Estados Unidos. Y los Gobiernos locales se ahorrarán la vergüenza de quedar expuestos ante el mundo por su incapacidad de asegurar una vida digna y segura para su gente.

A mal diagnóstico, mal remedio. De imponerse la solución del Gobierno de Trump, triunfará la cosmética y los migrantes volverán a estar completamente expuestos a los riesgos y el peligro de los que se protegían caminado en grupo. Mientras las condiciones de inseguridad, desempleo y salarios de hambre persistan en Guatemala, Honduras y El Salvador, la migración continuará sin remedio.

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