Opinión

A propósito de la recta final del proceso electoral


Imelda Jacobo / 22 enero 2019 / 3:45 pm

*Guillermo Mejía

 

El asesinato de miembros de la Policía Nacional Civil (PNC), de la Fuerza Armada y la incontenible hemorragia que desangra a los salvadoreños componen el escenario del proceso que arribó a su etapa final,  y el próximo 3 de febrero se elegirá al presidente de la República entre cuatro figuras políticas cuyos perfiles distan del estadista que necesitamos.

De lo que Carlos Calleja, de Alianza Republicana Nacionalista (Arena); Hugo Martínez, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln); Nayib Bukele, de la Gran Alianza por la Unidad Nacional (Gana); y Josué Alvarado, de Vamos; han expuesto ante los problemas nacionales, pues, a leguas se nota que nos quedaron en deuda.

Sobre violencia y seguridad, así como situación económica y crisis fiscal, que son cuestiones que vienen socavando los programas de gobierno de la posguerra, los candidatos presidenciales poco o nada han propuesto con mayúscula, más bien –como les han señalado voces críticas- quizás respondieron para salir del compromiso más que tener alternativas viables y justificadas, especialmente en lo financiero.

La campaña electoral, pobre y deslucida, nos deja tantas deudas. Para el caso:

En primer lugar, y como siempre, la incidencia de las pandillas o maras en los procesos electorales se volvió a sentir en la sociedad salvadoreña. A la vez, tras bambalinas, la anuencia de los partidos políticos  hacia esos grupos para no verse limitados en su proyección pública. Son cuestiones que no podemos obviar y que van para largo.

El asesinato de nueve miembros de la PNC, integrantes de la Fuerza Armada y la imparable muerte de pobladores a lo largo y ancho del país, han demostrado que el crimen organizado sigue teniendo la iniciativa frente al caduco discurso oficial que anuncia que existen mejoras sustanciales en seguridad pública.

En ese sentido, me solidarizo con la familia de Bryan Alexander Castro, estudiante de Periodismo de la Universidad de El Salvador (UES), asesinado en medio de la vorágine que nos agobia en este país.

En segundo lugar, fuimos testigos de una pobre campaña proselitista y el alineamiento mediático que dista de corresponder a las necesidades informativas de la población para que asuma el compromiso ciudadano con el ejercicio del poder, a lo que se agregó la presencia tóxica de trolles  -de todos los colores- que inundaron las redes sociales con su pestilencia.

Por ejemplo, el personaje que concentró la atención y animó el imparable ataque con motivaciones electoreras en las redes sociales fue el ex presidente Tony Saca, condenado por corrupción y que purga una pena de 10 años en el penal de Mariona: Desde el olvido de Carlos Calleja, cuando Saca fue presidente bajo la bandera de Arena, pasando por la negación de Nayib Bukele, candidato de Gana -precisamente el partido político creado por Saca- hasta el ataque de Hugo Martínez siendo Saca y Gana la tabla de salvación de los últimos dos gobiernos presididos por el partido Fmln. ¿Pueden Arena, el Fmln o Nayib Bukele (con Gana) asumir demencia en el caso de Tony Saca?

En tercer lugar, todavía estamos lejos de optar por el debate consciente y enriquecedor de los ciudadanos como herramienta de discusión, menos si hablamos de transparencia en el ejercicio del poder. Aunque, en esta ocasión hubo conversatorios con los candidatos en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) e intentos de debate en la Universidad de El Salvador (UES) y la Asociación de Radiodifusores (Asder), estos dos últimos a los que no asistieron los candidatos por el partido Gana que pregonan no ser más de lo mismo.

Ojala que más temprano que tarde los que participan en procesos electorales para arribar al poder asuman el compromiso de poner en discusión sus planteamientos, justificarlos y demostrar su viabilidad financiera, como amerita toda democracia. Y que, por cierto, no caigan en el error de poner cualquier cosa en busca de votos -dado que el papel aguanta con todo-  mucho menos cometer plagio bajo la mala costumbre del “copy-paste”.

 

*Guillermo Mejía, periodista y profesor universitario.

Escribe tu comentario