Editorial

Derechos humanos: un faro


Imelda Jacobo / 10 diciembre 2018 / 8:27 pm

Editorial UCA

10/12/2018

Cada 10 de diciembre se conmemora la aprobación, en 1948, de la Declaración Universal de Derechos Humanos por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y cada 10 de diciembre, se repiten en el país alabanzas a los derechos humanos. Sin embargo, la situación de estos no es solo deficiente, sino que en el día a día se observa una resistencia profunda a los valores que los sustentan. Frente a la igual dignidad de las personas, los poderosos se sienten con más derechos y tratan de imponer al resto de los ciudadanos su modo de entender y gestionar la realidad de El Salvador. Por otra parte, los límites que imponen la pobreza, la vulnerabilidad económica y social, y la violencia impiden de hecho el desarrollo de las capacidades de las personas, limitando gravemente su libertad, otro de los grandes principios de los derechos humanos. Al final, la única libertad que le queda a demasiados compatriotas es la de huir y migrar de un país que los maltrata. Y si hablamos de solidaridad, el otro gran soporte de los derechos humanos, toca admitir que en nuestra sociedad abunda el egoísmo personal e institucionalizado.

Si además de considerar los valores de igual dignidad, libertad y solidaridad se quisieran dar pasos concretos, habría que cambiar muchas de las estructuras mentales que imperan entre nosotros. Para empezar, es necesario darle prioridad a la víctima sobre el victimario. Una prioridad que se echa de menos en el abordaje de los crímenes cometidos tanto durante la guerra civil como en la actualidad: con demasiada frecuencia, las víctimas son revictimizadas por la impunidad de los victimarios. Darle más importancia al trabajo que al capital es también indispensable para que en el país se respeten los derechos humanos. Pero esperar eso de algunas asociaciones de empresarios es como pedirle zapotes al árbol de nances, al igual que exigirles respeto y sentimientos de humanidad a las pandillas, o insistir en que la venganza y la mano dura nunca solucionarán la violencia. La irresponsabilidad de ciertos jueces incapaces de hacer su trabajo desde los derechos humanos y la protección que se les brinda a algunos miembros de la PNC que cometen abusos y delitos afectan la dignidad de las personas; especialmente, el futuro de los jóvenes.

Los derechos humanos exigen incorporar a la vida los valores que se desprenden de la democracia, ese sistema político en el que todos tenemos los mismos derechos y deberes. Pero suele preferirse el individualismo consumista a la empatía y el apoyo a marginados y empobrecidos. Todavía tienen demasiado peso en nuestra sociedad los partidarios del uso abusivo y destructivo de la naturaleza en vez del compromiso con la preservación del medioambiente. En la práctica, sigue la negativa a garantizar el acceso universal al agua como derecho humano, mientras se consiente la sobreexplotación comercial y contaminación del recurso por parte de grandes empresas. La enfermedad renal crónica, una verdadera plaga en El Salvador, solo se explica por la tolerancia institucional al uso de agrotóxicos como Paraquat, Hedonal y Glifosaton.

Tenemos que superar la tendencia a catalogar a la gente bajo el binomio superior-inferior. Una sociedad que divide en dos estratos a sus miembros nunca llegará a ser plenamente humana. No hay superiores e inferiores. La humanidad es una; a todos nos corresponde cultivar e impulsar el respeto a la igual dignidad, y solidarizarnos con quienes son humillados o golpeados por la prepotencia de los fuertes. Los derechos humanos, afirman algunos pensadores, son una moralidad externa al poder que lleva siempre a buscar el diálogo. Celebrarlos hoy exige mirar a nuestra realidad y no descansar hasta cambiarla. Hay demasiados salvadoreños afectados por la injusticia social, la violencia y el mal funcionamiento de las instituciones. Los derechos humanos constituyen un faro para navegar hacia un El Salvador con desarrollo, justicia y paz.

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