Editorial

Puentes, no muros


Imelda Jacobo / 16 noviembre 2018 / 9:04 pm

Editorial UCA

16/11/2018

Este 15 y 16 de noviembre se celebra en Antigua Guatemala la vigésima sexta Cumbre Iberoamericana. 17 de 22 jefes de Estado convocados se han dado cita en la ciudad colonial, una nutrida participación que hace tiempo no se veía en este foro. Mientras los mandatarios eran recibidos con honores, los primeros cientos de centroamericanos de la caravana de migrantes que llegaban a la frontera con Estados Unidos fueron apedreados en Tijuana y conminados a regresar a sus países por ciudadanos estadounidense que les gritaban a través de megáfonos. Migrantes que huyen de países que ni los protegen ni les permiten sobrevivir, y que llegan a otro que los rechaza. Por ello, en la Cumbre, aunque en la agenda había muchos temas a tratar para avanzar en la cooperación regional, al final el drama de la migración se impuso. Y es que muy pocas realidades han impactado tanto en América Latina en los últimos años como la migración.

Para la mayoría de Gobiernos, incluyendo los dos ibéricos presentes en la Cumbre, la migración es un tema incómodo, que les afecta ya sea por su condición de países expulsores, de tránsito o receptores de migrantes. Lo que ha estado en el centro de la atención mediática en los últimos días son las caravanas de migrantes centroamericanos. Pero no se puede ignorar la masiva salida de nicaragüenses, sobre todo hacia Costa Rica, por la crisis social y política que atraviesa el Gobierno de Daniel Ortega, quien, como en los últimos 12 años, canceló su llegada a la Cumbre a último minuto. Tampoco se puede dejar de lado el que quizá sea el fenómeno de migración forzada más dramático: los más de 2 millones de venezolanos que han salido de su país por la crisis humanitaria; una crisis que solo el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, el otro gran ausente en la Cumbre, no reconoce.

Sea por las causas que sean, políticas, sociales, económicas, la masiva migración de personas que buscan mejorar su vida o salvarla es una inapelable denuncia y prueba de que las cosas no se están haciendo bien. La migración desnuda el rotundo fracaso del modelo con el que se ha organizado la sociedad y la economía en nuestros países. Un modelo excluyente que solo da prosperidad a las élites que se alían con los grupos transnacionales. La migración demuestra que ese modelo no es sostenible. La migración forzada y masiva denuncia por sí misma que el lema de la Cumbre, “Una Iberoamérica próspera, inclusiva y sostenible”, es la negación de lo que se vive en la realidad. Por eso, hablar del tema resulta incómodo tanto para los Gobiernos de los países expulsores como para los de tránsito, donde se violan los derechos de los migrantes. Y, por supuesto, también es un tema espinoso para los países de destino, porque los rechazan o porque la llegada masiva de pobres rebasa las capacidades instaladas, como en el caso de Costa Rica.

Los Gobiernos que llegaron a la Cumbre se vieron obligados a hablar sobre la migración, pero sin contar con ningún tipo de plan conjunto o propuesta para atender este problema regional. Más allá de buenas intenciones sin trascendencia, los países iberoamericanos deben comprometerse a proteger los derechos humanos de los que migran, brindar apoyo en la reinserción de migrantes de acuerdo a la capacidad de cada uno y fortalecer la débil institucionalidad y democracia en los países expulsores de migrantes. Deben condenar sin ambigüedades las políticas antiinmigrantes y de seguridad nacional estadounidenses que contradicen los pactos internacionales y regionales sobre derechos humanos. Deben rechazar los muros que los dividen y tender puentes para defender los derechos de los miles que no tienen más opción que huir de su patria.

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